Luego de las celebraciones de los 150 años de la Batalla de Puebla, el 5 de mayo, hasta donde sabemos, el gobierno del estado prepara ya algo relacionado con los 150 años del Sitio de Puebla, el próximo año.
Vale la pena releer la historia. Después de la derrota en la célebre batalla del 5 de mayo, los invasores se retiraron a las ciudades de Orizaba y Veracruz con el fin de reagruparse y esperar la llegada de refuerzos militares enviados desde Europa.
Las fuerzas armadas mexicanas, dedicaron sus esfuerzos a preparar la ciudad de Puebla para el próximo asedio a la que se vería sometida. Para el ejército invasor la conquista y control de Puebla, significaba venganza y logística.
La principal meta del ejército francés era la ciudad de México. Conquistar Puebla era indispensable, por estar a medio camino entre los dos puntos.
Después del 5 de mayo de 1862, llegaron a Puebla un gran número de jefes y oficiales de ingenieros que completarían la Sección de Ingenieros del Cuerpo del Ejército de Oriente que de inmediato empezaron la planeación y construcción de diferentes obras de fortificación y defensa.
Puebla tenía en ese tiempo 80 mil habitantes y gozaba de buena posición táctica debida al apoyo de grandes defensas naturales: al norte los cerros de Loreto y Guadalupe, al occidente el cerro de San Juan y al oriente el cerro de Tepozúchil.
Se planearon, construyeron o completaron, parapetos, redientes, almacenes, defensas y ocho grandes fuertes. En estos últimos se puso especial énfasis, ya que como sería natural, el fuego de la artillería enemiga se concentraría sobre ellos.
Casi diez meses después de la famosa batalla 1862, en la mañana del 16 de marzo de 1863, a las nueve de la mañana, un formidable cañonazo disparado desde el fuerte de Guadalupe con un cañón de bronce de 24 de sitio, anunció a la guarnición que el enemigo estaba frente a la plaza. Lejos de causar miedo o angustia entre los defensores, el aviso del disparo derivó en un gran entusiasmo, tanto entre los defensores como en los habitantes de la ciudad.
Se pensaba que ese mismo día se iniciaría el ataque frontal contra la plaza, ya que era muy posible que, en venganza por la anterior derrota, los franceses hubieran escogido esa fecha por ser el aniversario de nacimiento del príncipe imperial. Sin embargo poco ocurrió ese día. Algunas escaramuzas cerca del cerro de Guadalupe, y la toma de posiciones de ambos ejércitos fue lo único relevante.
En los días siguientes los invasores continuaron su labor de posicionamiento y comenzaron un ataque creciente de artillería. El 29 de marzo el invasor a las 4 de la tarde lanzó un ataque con toda la artillería sobre el fuerte San Javier cuya penitenciaría fue derribada. Tras el ataque de artillería, 5,600 soldados extranjeros se lanzaron a la toma del fuerte. Se lucha cuerpo a cuerpo y los invasores son rechazados una y otra vez hasta que la superioridad numérica hace que las tropas mexicanas se replieguen. Mexicanos conservadores estuvieron del lado francés al lado de los generales mexicanos Juan Nepomuceno Almonte y Leonardo Márquez.
La defensa de Puebla estuvo al mando del general Jesús González Ortega, quien asumió el mando del Ejército de Oriente, luego de que Ignacio Zaragoza, vencedor de la batalla del 5 de mayo, murió el 8 de septiembre de 1862 de fiebre tifoidea. Participaron los generales juaristas de mayor prestigio, como Felipe Berriozábal, Miguel Negrete y Porfirio Díaz.
Ya, en la noche, 48 cañones mexicanos y 39 franceses se enfrascan en una lucha de morteros. El General Élie-Frédéric Forey, sustituto de Lorencez, apuntó que tal batalla sólo era comparable con la de Sebastopol, en la guerra de Crimea. Por su parte los sobrevivientes mexicanos aseguran que esa fue el hecho de guerra más significativo del Sitio de Puebla.
En cierto momento los extranjeros creen que la toma completa de la plaza es cuestión de días. Nunca imaginaron que los defensores lucharían casa por casa y calle por calle.
Finalmente, tras dos meses de férrea y heroica resistencia, se ordenó la rendición el 17 de mayo, no sin antes destruir todo el armamento existente y disolver simbólicamente el Ejército de Oriente.
Cayeron prisioneros entre 8,000 y 10,000 soldados mexicanos. De ellos, unos 5,000 se pasaron a las tropas de Leonardo Márquez. La ciudad cayó el 17 de mayo de 1863. Fueron 62 días de batallas cruentas.
Las fuerzas francesas entraron a una Puebla desolada y en ruinas el 19 de mayo de 1863. Sin oposición avanzaron hasta la Ciudad de México, a donde llegaron el 10 de junio. Ese día salió el Presidente Benito Juárez con su gobierno a San Luis Potosí, iniciando la huida del gobierno republicano hacia el norte.
Por la caída de Puebla, Napoleón III otorgó a Forey el grado de mariscal de Francia y lo repatrió, quedando Bazaine al mando de las fuerzas francesas.
En la capital se formó un gobierno provisional dirigido por Mariano Salas, Juan Nepomuceno Almonte y el arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, para ejercer el Poder Ejecutivo hasta la llegada de un príncipe europeo que ocuparía el trono del recién restablecido imperio mexicano, Maximiliano de Habsburgo.
El sitio de Puebla, bien merece un gran festejo el próximo año.
En fin, como escribió Mario Benedetti en su poema “Esa Batalla”:
¿Cómo compaginar
la aniquiladora
idea de la muerte
con ese incontenible
afán de vida?
¿Cómo acoplar el horror
ante la nada que vendrá
con la invasora alegría
del amor provisional
y verdadero?
¿Cómo desactivar la lápida con el sembradío?
¿La guadaña
con el clavel?
¿Será que el hombre es eso?
¿Esa batalla?
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